Es que no aprendo. Me engatusan con que esta vez va a ser diferente. Que hay una buena historia y 24 millones de euros por detrás. Que está lo más granado de nuestra escena y de la foránea. Esta vez, van a aprender en Hollywood cómo se hace una peli del siglo XVII. Y yo, gilipollas de mí, caigo como un gorrión y me trago Alatriste. Y me empiezo a cagar en Agustín Díaz Yanes a los veinte minutos; y a las dos horas, cuando pienso en la porción de mis impuestos que está subvencionando semejante bodrio, mi ira no tiene parangón.
El guión -hijo del director- es un ejercicio deslavazado de incoherencia narrativa. El montaje, digno de un mono con unas tijeras. Y el resultado, teniendo en cuenta estos factores, es previsible. No sé cómo el prepotente de Arturo Pérez-Reverte puede estar contento con este carísmo subproducto. Si no es una cuestión de royalties, no lo entiendo. Así que me lo expliquen. Alguien coge cinco folletines que has escrito bebiendo de Alejandro Dumas –padre– más de la cuenta, los hilvana como puede y después pretende rodarlo a lo grande. Y cree que no nos vamos a dar cuenta de que Viggo Mortensen habla castellano como si tuviera dos polvorones en la boca o de que, manda huevos, Blanca Tortillo se ha disfrazado de tío para encarnar a Fray Emilio Bocanegra.
Pero tranquilos todos, que la película que aquí nos ocupa ganará doscientos cincuenta Goyas, colocando a nuestro cine un año más en el lugar que se merece. Las cloacas del celuloide mundial.
Que la historia se repita una vez más no me daría pena si, como vosotros, no estuviese pagando los desatinos de un aficionado.