Nota aclaratoria: el pueblo británico y el pueblo francés tienen un lugar privilegiado dentro de mi cajón de fobias. No me gusta hablar bien de ellos ni cuando se lo merecen. Supongo que será por razones históricas. O por envidia, vete tú a saber. Hoy voy a hacer una excepción.
El Presidente francés, Jacques Chirac, decidió ayer, después de un ultimatum de los sindicatos, sustituir el Contrato de Primer Empleo (CPE) por otras medidas de promoción laboral para los 'jóvenes en dificultades'. El Primer Ministro, Dominique de Villepin, admitió que la ley de la que fue artífice no se podía aplicar después de dos meses de protestas, que movilizaron a más de un millón de personas en las mayores manifestaciones y huelgas que ha vivido el país en los últimos veinte años.
Una noticia así sería ciencia-ficción en España. La reforma hubiese sido aprobada sin mayores problemas, con cuatro manifestaciones poco importantes en las que la mayoría de los estudiantes ni siquiera demostraría conocer el contenido de la ley. Eso sí, se iban a organizar unos macrobotellones de puta madre por toda nuestra geografía.