Me ha preguntado la doctora por qué ya no escribo aquí. Y no me apetecía decirle la verdad. He comenzado a divagar y a contarle lo absorbente que es mi trabajo y lo liado que me han tenido los cazurros de mis jefes durante las últimas semanas. Y acuérdese de esa gripe que me tuvo dos días postrado y del accidente que sufrió la pantalla de mi portátil en el aeropuerto. No ha sido fácil. Tiene que entender que los astros parecían conjurados para no dejarme seguir.
Ella me escuchaba asintiendo levemente con un aire muy 'hago como que me lo creo', mientras tamborileaba con el Bic en la mesa. Mucho trabajo, mucha ocupación, pero eso no te ha impedido llenar tu barrigón de palomitas con V de Vendetta o El caso Slevin. Y eso, por no mencionar -de hecho, pienso mencionarlo ahora mismo- lo mucho que has avanzado en tu relectura del Quijote, aplazada hasta ahora para no coincidir con todo el mundo. Así que es mejor que me cuentes la verdad.
Doctora, no siempre hay una razón para todo. A veces las cosas pasan -o dejan de pasar- porque sí. O sin razón aparente que las justifique. No le busque una causa a todo. No piense que no va a saber qué poner en la receta. Qué más quisiera yo que contarle lo mucho que me cuesta sentarme enfrente de una pantalla en mi tiempo de ocio cuando se acerca el verano. O encontrar cualquier otra milonga con la que contentar su frío racionalismo. Pero no. Hoy sólo me apetece recordarle que las palomitas en este país son dulces, y que, ya que me niego a pasarme a los nachos, hago una dieta muy saludable de Chimos y ositos de gominola en el cine.
Y por cierto, hace tiempo que usted también dejó -sin causa aparente- la medicina por el arte y la fotografía. ¿A qué viene esto de hoy?
No lo sé. Arranques de melancolía.