Clint Eastwood siempre cuenta que cuando hizo Sin Perdón se llevó a su jubilada madre al día más caluroso del rodaje y la vistió con un pesado vestido para que hiciese de figurante en una de las escenas. Una escena, por cierto, que se quedaría fuera de las más de dos horitas de metraje final con el consiguiente enfado y disgusto de la buena señora. Casi un año después de ese imperdonable error, Clint subió a recoger dos estatuillas por la película, y no tuvo más remedio que pedirle perdón a su madre desde el estrado por no haberla metido en su premiado proyecto.
Pero no nos desviemos. La madre de Clint debería haber aparecido subiendo a un tren, pero no hubo hueco. Los 130 minutos de western (im)puro contienen escenas mucho más importantes para definir a sus protagonistas. Por algunas de ellas no pasa el tiempo. Son las abuelas de Ang Lee y las hijas bastardas de Haruki Murakami. Son tan impagables que merecen dejar a la octogenaria madre del dire fuera del corte final. Minuto 44 y medio. Capítulo 13 del deuvedé.

Morgan Freeman (M.F.): Oye Will. ¿Nunca vas a la ciudad...?
Clint Eastwood (C.E.): Alguna vez. A vender algún cerdo o a comprar alimentos.
M.F.: No. Me refiero... a buscar a una mujer. Ya sabes.
C.E.: No. Nunca voy a la ciudad para eso. ¿Un hombre como yo? Las únicas mujeres que podría conseguir son las que hay que pagar. Y no está bien comprar la carne. Claudia no me permitiría hacer una cosa así. Soy un padre de familia.
M.F.: Así que... sólo usas la mano.
C.E.: No lo echo tanto de menos.
(Disparos)

En 2005, Clint volvió al Polaroid Centre a recoger una nueva estatuilla. Y sí. Lo habéis adivinado. Tuvo que dedicarle las primeras palabras a su madre de 96 años, y recordar que ya estaba allí mismo dándole el coñazo en el 93.