Existen dos tipos de personas. A las que siempre les gustó Spandau Ballet y las que dicen ahora que siempre les gustó Spandau Ballet, cuando en realidad han tenido que comprarse un cd en la FNAC para saber quiénes son. Los fans de los 80 están que no se lo creen. Unos años en los que tan claramente, y en lo que moda y música se refiere, fuimos capaces de lo mejor y lo peor han vuelto con arena de las dos orillas cuando nadie daba un duro (€0,03) por semejante revival.
El Medio Oriente va de mal en peor, el petróleo hace tiempo que se compró casa en la montaña, los republicanos acampan sin pudor en la Casa Blanca, España se acerca cada vez más al abismo y, si nadie lo remedia, vamos a tener nuevas entregas de Rambo y de Rocky. Más ochenterismo que en todo eso, sólo con una bola de espejos.
Y aún dice la izquierda -la de verdad, en esas contadas ocasiones en las que se atreve a abrir la boca- que el mundo camina inexorablemente hacia delante. Si sólo falta que vuelvan a desenterrar a Roy Orbison y que le pidan a John Hughes que ruede la segunda parte de El club de los cinco.