Siempre había querido tener mi propia estación meteorológica. Un ingenio que despejase mis dudas cada mañana a la hora de elegir entre zapatos de suela o de goma y, sobre todo, entre gafas o lentillas. Y la verdad es que existen aparatitos muy avanzados, llenos de higrómetros de alta precisión, anemómetros que es necesario colocar en el exterior y toda la pesca. Demasiado para mi, que no tengo ni los conocimientos ni las ganas de ir interpretando el tipo de datos que facilitan.
Así que hace dos semanas me hice con un gallo meteorólogo por cuatro euros y medio, y estoy encantado. Sus plumas cambian de color para indicarte el tiempo que va a hacer. Y el cabrito no falla nunca. En sus catorce días de prueba ha tenido la oportunidad de demostrar su valía haciendo frente a un clima muy cambiante que ha pasado en pocas horas de sol radiante a verdaderos tormentones de dos horas. Pero sus plumas siempre se han sabido adelantar a los acontecimientos. Incluso lo he probado en condiciones extremas, dejándolo una noche al lado del radiador; hecho que, en honor a la verdad, lo despistó un poco.
No tiene nombre, porque no estoy tan tarado como para empezar a bautizar a mis objetos cotidianos, aunque cuando alguien lo pregunta con insistencia suelo decir que se llama Phil, como la marmota de Atrapado en el tiempo, y que parece insinuar 6 semanas más de invierno.
Evidentemente, esta tecnología de predicción cromática no se ha aplicado en exclusiva a los gallos de Barcelos. Los chiringuitos de souvenirs de Portugal comercializan también dos versiones más de este particular oráculo: la Virgen de Fátima meteoróloga -en este caso, es su manto el que cambia de color- y la clásica chimenea alentejana meteoróloga. Podría parecer que la Virgen juega con cierta ventaja, aunque dado el rendimiento del gallo, el listón está muy alto.
Lo siento. No se admiten pedidos.

Agotando la veintena. Fan del cine de palomitas y acción. Ávido lector de serie B. Sin música española en el iPod. Inmaduro irredento. La versión más mundana y menos glamurosa de Don Cristal. Igual de frágil y decidido, pero sin su gusto por el morado.
Hasta el momento creía que no era tan común optar por las lentillas en los días de lluvia. ¿Me creeré original?.
En el centro de México algunas personas clavan cuchillos en el pasto para ahuyentar la lluvia. Todo tipo de gente, te sorpenderías.
También es muy común que la gente del campo sepa si lloverá o no con sólo mirar el cielo. Pero me imagino que eso es universal.
¡Ah! Y en Alemania existe un mal (que yo, hipocondriaca de cuidado he contraído ya) llamado "fön", un dolor de cabeza que da cuando el día empieza soleado y después se nubla (o viceversa).
Yo tuve una vígen de fátima, la del manto que cambia de color. Me gustaba muchísimo. Pasó el tiempo, y dejé de verla por casa. Un tiempo después, limpiando el congelador, entre filetes de nisesabecuándo estaba la virgencita aterida. Había olvidado mi experimento casero. Conclusión: No le ocurre nada en condiciones extremas.
Yo suelo mirar por la ventana y decidir qué me pongo en función del color del cielo. Y después, a la hora de meter los cacharros en el bolso, meto un par de jerseys, un chubasquero, unas chanclas, colorete y pijama, por si el día se pone caprichoso y me cambia de tiempo.
Me encanta el gallo, traete uno pa acá cuando vengas.
Nunca he entendido la extraña fascinación que tenemos por el tiempo. Los telediarios, nuestras abuelas y nosotros mismos le damos bastante más importancia de la que se merece. Y jaquecas y cuchillos en el campo aparte, yo el primero. ¿A qué sí, Phil?
¡Coño! ¡Mis padres tienen un gallo igualito, igualito! Y ellos afirman exactamente lo mismo: el jodío gallo no falla.
Por cierto, er... Yo sí le pongo nombre a mis vaquitas. ¿Me lo hago mirar? :)
¡Saludos desde Canarias!