Siempre había querido tener mi propia estación meteorológica. Un ingenio que despejase mis dudas cada mañana a la hora de elegir entre zapatos de suela o de goma y, sobre todo, entre gafas o lentillas. Y la verdad es que existen aparatitos muy avanzados, llenos de higrómetros de alta precisión, anemómetros que es necesario colocar en el exterior y toda la pesca. Demasiado para mi, que no tengo ni los conocimientos ni las ganas de ir interpretando el tipo de datos que facilitan.
Así que hace dos semanas me hice con un gallo meteorólogo por cuatro euros y medio, y estoy encantado. Sus plumas cambian de color para indicarte el tiempo que va a hacer. Y el cabrito no falla nunca. En sus catorce días de prueba ha tenido la oportunidad de demostrar su valía haciendo frente a un clima muy cambiante que ha pasado en pocas horas de sol radiante a verdaderos tormentones de dos horas. Pero sus plumas siempre se han sabido adelantar a los acontecimientos. Incluso lo he probado en condiciones extremas, dejándolo una noche al lado del radiador; hecho que, en honor a la verdad, lo despistó un poco.
No tiene nombre, porque no estoy tan tarado como para empezar a bautizar a mis objetos cotidianos, aunque cuando alguien lo pregunta con insistencia suelo decir que se llama Phil, como la marmota de Atrapado en el tiempo, y que parece insinuar 6 semanas más de invierno.
Evidentemente, esta tecnología de predicción cromática no se ha aplicado en exclusiva a los gallos de Barcelos. Los chiringuitos de souvenirs de Portugal comercializan también dos versiones más de este particular oráculo: la Virgen de Fátima meteoróloga -en este caso, es su manto el que cambia de color- y la clásica chimenea alentejana meteoróloga. Podría parecer que la Virgen juega con cierta ventaja, aunque dado el rendimiento del gallo, el listón está muy alto.
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