Desde hace un par de meses, cumplo con una curiosa tradición todos los martes: voy a jugar una partida de bolos. No podría explicar por qué lo hago. Sé que voy los martes porque es más barato y que posiblemente me haya aficionado después de que en mi cerebro se despertase un recuerdo de hace siete años, cuando vi El gran Lebowski. Es probable que dentro de esa realidad deformada -mis recuerdos con más de un mes de antigüedad siempre están deformados- me haya parecido que jugar a los bolos mola. Y la verdad es que no lo disfruto especialmente. Soy malo, no progreso y me muevo habitualmente en guarismos más propios de cualquier colegiala que de un tío de mi edad. Odio los zapatos azules y rojos y siempre acabo con el pulgar derecho dolorido, sin duda como consecuencia de mi poco depurada técnica.
Pero allí he conocido la pasada primavera a Nuno, un visitante habitual en una época en la que todavía no paraba demasiada gente a las cinco de la tarde y en la que el griterío de los niños atronaba en exclusiva a sus profesores. Nuno siempre está en la bolera. Es una especie de John Turturro. Juega bien, tiene andares chulescos y seguro que alguien le ha regalado un bono vitalicio para que pueda pasarse la vida metido allí dentro pagando sólo las dos cervezas que se toma cada tarde. Para que baje de 190 ya tienen que pasar cuatro o cinco tías buenas por la sala para desconcentrarlo, porque de lo contrario es un puto reloj. No es tan friki como para tener su propia bola -aunque siempre juega con la misma-, aunque sí tiene zapatos propios. Lógico, a los hongos hay que mostrales respeto.
Tras un par de martes me propuso jugar contra él. No opuse demasiada resistencia, aunque lógicamente se trataba de un abuso. Desde entonces, nunca me saca menos de 100 puntos, aunque no se vanagloria ni se recochinea por ello. Tampoco me corrige cuando mando tres bolas seguidas a la calle. La verdad es que no hablamos casi nada. De él sólo sé su nombre, que no tiene teléfono móvil y que no es jugador profesional. En los últimos dos meses, habré faltado un par de martes, aunque estoy seguro de que él sí estaba allí. Cuando vuelvo, ningún reproche y ninguna pregunta. Siempre la misma proposición para jugar. Siempre el mismo silencio mientras jugamos.
Pero este martes era Nuno el que no estaba allí. Supongo que con todos los niños -y niñas- de vacaciones se habrá roto su concentración y su estampa de llanero solitario y se habrá tenido que refugiar en algún puticlub donde no se tenga que encontrar con nadie menor de 18 años.
Yo me fui sin jugar. En realidad, los bolos son un auténtico coñazo. Sólo esperaba poder contestarle algún día como en El gran Lebowski cuando me preguntase maquinal cómo va todo. 'Bien. Ya sabes. Algún que otro strike. Alguna que otra bola perdida'.

No sé yo si con esa frase vas a ligar mucho... quizá si consigues demostrar que puedes manejar bien tus bolos...
gran historia.
Sí. Gran historia. Ahora puedo dormir.
A veces salir por Madrid después de haber pasado uñ año y medio fuera, con amigos que se confunden en la barra del bar con los desconocidos, te deja un poco destejido, un poco desdibujado.
Siempre consigo ver los trazos rectos y en continuo movimiento en tus relatos.
Ahí voy.... buenas noches.
¿Esa foto es suya, Señor Don Cristal?
Muy chula.
Nope. La he robado, jeje. Por lo menos me apuntaré el tanto de haberla escogido bien.