Hoy no he podido sellar mi boleto de Euromillones. En este país se vive una auténtica fiebre por el jueguecito de las pelotas -nunca mejor dicho-. No en vano, Portugal, con sus menos de diez millones de habitantes, acumula el mayor número de ganadores -también es el país que más juega- en la corta historia de la lotería más dificíl. Cuando hay bote, las colas de los quioscos y administraciones son más largas que un día sin pan. Y no hay tregua. Da igual que uno lo intente a las diez de la mañana que a las cinco de la tarde. Ni en el INEM en sus buenos tiempos se veía un espectáculo de esta magnitud.
Así que comprobando la inutilidad de mis esfuerzos por sellar aquí y optar a esos apetecibles 91 millones de euros, he hecho una llamada desesperada a España y he pedido que sellasen por mi. Así que hoy puedo haber jubilado a alguien con mi gesto altruista. O deberle 10 euros, claro. Que será lo más probable.
P.S. Pregunta impertinente. ¿Por qué en nuestro boleto bailan bolas pintadas con los colores de nuestra bandera junto con bolas gabachas e hijas de la Gran Bretaña? ¿Somos masocas o qué? ¿Marginamos a Portugal et altri y nos juntamos con dos de los países que más nos han dado por el culo en los últimos siglos? Qué pena.