Ya está aquí el verano. Por si la abundancia de sandalias, tops y minifaldas no me lo hubiese dejado claro ya, ver 22 de junio hoy en el calendario me ha sobresaltado un poco. De repente, me he quedado mirando fijamente el almanaque y me he dado cuenta de que hace algunos años (muchos, aunque siempre parecen menos), a estas alturas, había acabado el curso y mis únicas preocupaciones eran:

  • el estado -óxido, ruedas- de mi bicicleta/ciclomotor (dependiendo del curso)
  • tener suficientes reservas de aceite de coco Coppertone (no exisitía la psicosis contra el cáncer de piel)
  • encontrar un cuadrado de 10x8 en la playa para jugar pachanguitas con mis amigos (untado de aceite de coco para acabar sufriendo el 'efecto croqueta')
  • agobiarme el martes, porque aún faltaba un huevo para el fin de semana (eso no ha cambiado demasiado)
  • que mi tienda de golosinas favorita (denominada con una apreciable falta de creatividad 'Golosinas') tuviese cucuruchos de vainilla de Frigo y gominolas con forma de cabeza de caballo. Y
  • a partir del 20 de agosto, que el tiempo aguantase sin refrescar demasiado y que los 'monumentos adyacentes' de la playa (ver, pero no tocar) no adelantasen su vuelta a casa

Hoy, aunque no hace menos calor, me deprimo al pensar que estaré trabajando como un mico todo julio y que en agosto no me apetecerá ir a la playa porque odio las protecciones 30, no tengo un estado físico digno de patear una pelota de plástico y si como más cucuruchos, me pareceré muy pronto a Alfred Hitchcock -que en un loable arranque de pudor, nunca se dejó ver en bañador-.
Eso sí, mis neuronas llevan desde mayo de vacaciones. Siempre se es feliz desde la ingeniudad.