El amateur más profesional
Me gustan las historias bonitas. Sobre todo si son verdad. Lo reconozco. Soy un sentimentalón, de esos que cuando vio 'Hombres de honor' o 'Titanes' se emocionó como un enano lloroso. Este tipo de relatos en los que veo las mejores cualidades que pueden adornar a un hombre (Nacho Vidal o T.T. Boy trabajan otra vertiente, aunque no por ello 'adornan' menos) me dejan pegado a la pantalla y con los cojines húmedos. La superación y la lucha por los sueños, por cursi que suene, son temas que en los que la vida ha dado muy buenos ejemplos, que a menudo han acabado -mejor o peor retratados- en un libro o en varios rollos de celuloide.
El último ejemplo llegará pronto a nuestros cines. Se llama 'The greatest game ever played' y cuenta la increíble historia de Francis Ouimet.
A Ouimet le había encantado el golf desde que era un crío. Por eso se hizo caddie. Aunque siempre había soñado con jugar al más alto nivel, a comienzos del siglo XX el golf era un deporte sólo para los más ricos. Y, desde luego, no para los americanos. Los que se repartían los premios eran los ingleses y los escoceses a partes iguales. En América no había campos públicos, y los buenos jugadores simplemente no existían. De todos modos, y con un espíritu bastante altruista, todos los años les organizaban a sus colegas anglosajones del otro lado del charco el US Open.
Así hasta que en 1913 (mal número si no crece) apareció nuestro protagonista Ouimet, diciendo que estaba dispuesto a participar en el torneo. Algunos no querían verlo por allí; era pobre, había sido un discreto caddie y no era profesional. Aunque a fin de cuentas, a la mayoría de los snobs le daba igual; nadie lo veía como un peligro real. Y desde luego no iba a inquietar al gran Harry Vardon. Además, hasta daba pena verlo cuando apareció con un chaval de diez años que llegaba dispuesto a ser su caddie y apenas podía con los palos.
Huelga decir que Ouimet, a sus veinte insolentes años, llevó al desempate a Vardon después del hoyo 18 (si no, la peli no se llamaría 'The greatest game ever played') y que después de eso, el pobre, el amateur, el desgraciado americano, lo venció irremisiblemente.
Y esa historia tan americana despertó a mucho Tiger Woods dormido encima de un tarro de mantequilla de cacahuete hasta entonces. Y gracias a Ouimet, en Estados Unidos se empezó a pensar en meter la bola en el agujero. De tal manera que mucho después, los yanquis acabarían pisando como cucarachas a todos los equipos europeos que se les ponían por delante para pelearles la Ryder Cup. Gracias Ouimet. Flaco favor nos hiciste. Cuenta con mis lágrimas cuando vea tu historia contada por la Disney.

Agotando la veintena. Fan del cine de palomitas y acción. Ávido lector de serie B. Sin música española en el iPod. Inmaduro irredento. La versión más mundana y menos glamurosa de Don Cristal. Igual de frágil y decidido, pero sin su gusto por el morado.
juan dijo
Nada: me acabo de dar cuenta de que nunca escribo en este blog. Daría igual si no fuera porque siempre lo visito.
A ver: pues a mí no me gustan las historias deportivas, me ponen enfermo. La última hazaña humana sudorosa que vi en DVD fue la de los caballos de Tobey Mcguire, "SeaOreo" o algo así. No me gustó. Siempre es lo mismo. Al final, de todas las maneras, gana el prota. Tampoco voy a decir la chorrada de que me gustan las películas de perdedores, pero, no sé, un triunfo moral me pone más.
Por cierto, a que tú le das al golf?
13 Junio 2005 | 10:05 AM