Volver a casa -incluso a la adoptiva- sólo tres días es como acabar de comer después del aperitivo. Quince millones de planes y te vuelves con la sensación de que no has hecho nada. Y lo repasas y la verdad es que has hecho un huevo de cosas, pero siempre te parecen pocas. Y coges un avión. Y miras la lechuga mustia del bocadillo de queso y siempre piensas que en casa -aun en la adoptiva- las cosas saben mejor. Aunque el tráfico sea peor de lo que recordabas, la polución te haya dejado los pulmones jodidos y el calor haya sacado a la luz a tu 'yo' más sudoroso y maloliente...
Los lugares comunes, las sonrisas amigas, los tacos en tu idioma y la sensación de que cada rincón desempolva un recuerdo son signos inequívocos de que tres días parecen menos de dos segundos cuando te sientes en casa. Y eso no se olvida por mucho que sonrían dos guapas azafatas mientras retiran tu lechuga mustia de su lecho de queso flamenco y te ofrecen tus caramelos favoritos.
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