Rescato este mail del pasado jueves por la mañana a mis amigos: “Estamos buenos! Hace menos de un cuarto de hora estaba desayunando tan tranquilo el ‘pack Abuelo’, compuesto por un hojaldrado de salchicha + zumo de naranja + café Etiopía, cuando ha empezado a sonar una alarma antiaérea en el centro comercial y nos han desalojado a todos en menos de tres minutos (poco meritorio, éramos cuatro gatos). Y los hijos de puta me dicen a la salida que nada, que era un simulacro, pero que para seguir todos los ‘protocolos de seguridad’ (juajuajua) el centro comercial no abrirá sus puertas en una hora y media… Me cago en la leche, a ver si se piensan que la gente no trabaja. Me voy rezongando y pidiendo a Dios que las de la limpieza se atraganten con mi ‘folhado de salchicha’… Y por si todo lo anterior fuera poco, en Oporto se folla mucho menos que en Nueva York. Empezamos bien el jueves!”
Lo releía hace pocos minutos, después de haber subido de cumplir mi rutina en el centro comercial. Es lunes. Menos gente que nunca, el café más rico y los hojaldrados más tiernos. Miro la agenda; no parece que haya demasiado trabajo por hacer. Definitivamente, la mala fama de algunos días es, a veces, totalmente injustificada.

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